CRÓNICA
Por: Stefany Mena Campos
El mundo amaneció más callado. Las campanas de la Basílica de San Pedro repicaron con un lamento solemne que atravesó el corazón de millones de fieles: el Papa Francisco ha muerto. El pontífice que cambió el tono del Vaticano, que caminó entre los pobres, abrazó a los excluidos y predicó con gestos más que con dogmas, ha dejado la tierra a los 88 años, cerrando una era marcada por la sencillez, la esperanza y la controversia.
El viento soplaba con fuerza aquella mañana sobre la Plaza de San Pedro, como si el cielo también quisiera despedirse. Cientos de personas comenzaron a reunirse lentamente, en silencio, con rosarios en las manos, lágrimas en los ojos y una profunda tristeza en los ojos. No hubo necesidad de palabras: cada gesto de los presentes hablaba del amor que se ganó Jorge Mario Bergoglio, el primer Papa latinoamericano, el primer jesuita, el Papa del pueblo.
Valeria, una joven argentina que viajó desde Buenos Aires solo para verlo una última vez, no pudo contener el llanto. “Él nos enseñó que la Iglesia podía ser humana que podía doler con los que sufren y son invisibles para el mundo”, dijo, mientras sostenía una vela encendida. Como ella, miles de peregrinos llegaron desde los rincones más remotos del planeta.
Su muerte, aunque no inesperada tras meses de salud delicada, dejó una sensación de vacío difícil de describir. Francisco no solo fue un líder espiritual; fue una figura política, un mediador en conflictos, un crítico del capitalismo salvaje, un defensor incansable del medio ambiente. Su encíclica Laudato Si’, su frase “¿Quién soy yo para juzgar?” o sus visitas a cárceles y hospitales marcaron un papado que eligió los márgenes del mundo como su altar.
En la capilla ardiente, su cuerpo yacía vestido de blanco, con la cruz de madera sencilla que siempre prefirió. No hubo oro, ni pompa excesiva. A su alrededor, cardenales, religiosas, jefes de Estado, pero también madres solteras, refugiados, y personas sin hogar: los que él llamó “los descartados” de la sociedad, sus preferidos.
Francisco murió como vivió: con humildad. Sus últimas palabras, según el portavoz del Vaticano, fueron: “Recen por mí”. Las mismas con las que saludó al mundo la noche que fue elegido Papa, hace ya más de una década.
Hoy, el mundo lo despide. Y aunque el trono de Pedro ya esté vacío, su legado queda sembrado en los corazones de quienes creyeron en una Iglesia más abierta, más compasiva, más humana. Se ha ido el pastor, pero no su voz.
El viento soplaba con fuerza aquella mañana sobre la Plaza de San Pedro, como si el cielo también quisiera despedirse. Cientos de personas comenzaron a reunirse lentamente, en silencio, con rosarios en las manos, lágrimas en los ojos y una profunda tristeza en los ojos. No hubo necesidad de palabras: cada gesto de los presentes hablaba del amor que se ganó Jorge Mario Bergoglio, el primer Papa latinoamericano, el primer jesuita, el Papa del pueblo.
Valeria, una joven argentina que viajó desde Buenos Aires solo para verlo una última vez, no pudo contener el llanto. “Él nos enseñó que la Iglesia podía ser humana que podía doler con los que sufren y son invisibles para el mundo”, dijo, mientras sostenía una vela encendida. Como ella, miles de peregrinos llegaron desde los rincones más remotos del planeta.
Su muerte, aunque no inesperada tras meses de salud delicada, dejó una sensación de vacío difícil de describir. Francisco no solo fue un líder espiritual; fue una figura política, un mediador en conflictos, un crítico del capitalismo salvaje, un defensor incansable del medio ambiente. Su encíclica Laudato Si’, su frase “¿Quién soy yo para juzgar?” o sus visitas a cárceles y hospitales marcaron un papado que eligió los márgenes del mundo como su altar.
En la capilla ardiente, su cuerpo yacía vestido de blanco, con la cruz de madera sencilla que siempre prefirió. No hubo oro, ni pompa excesiva. A su alrededor, cardenales, religiosas, jefes de Estado, pero también madres solteras, refugiados, y personas sin hogar: los que él llamó “los descartados” de la sociedad, sus preferidos.
Francisco murió como vivió: con humildad. Sus últimas palabras, según el portavoz del Vaticano, fueron: “Recen por mí”. Las mismas con las que saludó al mundo la noche que fue elegido Papa, hace ya más de una década.
Hoy, el mundo lo despide. Y aunque el trono de Pedro ya esté vacío, su legado queda sembrado en los corazones de quienes creyeron en una Iglesia más abierta, más compasiva, más humana. Se ha ido el pastor, pero no su voz.

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